Cómo aprender a disfrutar lo que ya tienes sin dejar de querer crecer

Hay algo curioso que sucede cuando conseguimos aquello que durante mucho tiempo deseamos: después de un tiempo, deja de parecernos extraordinario.

Ese trabajo que alguna vez esperaste con ilusión se convierte en parte de la rutina. La casa que soñabas tener comienza a llenarse de pequeñas cosas que quieres cambiar. Una relación que en sus primeros días parecía especial puede terminar mezclándose con las obligaciones cotidianas. Incluso ciertas comodidades, oportunidades o logros que antes habrían significado muchísimo para ti pueden llegar a sentirse completamente normales.

No necesariamente porque hayan perdido su valor, sino porque te acostumbraste a tenerlos.

Y cuando algo se vuelve habitual, resulta muy fácil dejar de mirarlo con los mismos ojos.

Entonces aparece una sensación difícil de explicar: tienes cosas buenas en tu vida, pero tu atención está concentrada principalmente en aquello que todavía falta.

Piensas en el próximo objetivo, en lo que necesitas comprar, en el cambio que deseas hacer, en lo que otra persona consiguió o en la versión de tu vida que imaginas para el futuro.

Y sin darte cuenta, puedes pasar años persiguiendo nuevas razones para sentirte bien mientras ignoras muchas de las razones que ya existen.

Aprender a disfrutar lo que ya tienes no significa conformarte ni renunciar a tus sueños. Significa evitar que tus deseos futuros te impidan reconocer el valor de tu vida actual.

Puedes querer crecer y agradecer.

Puedes tener objetivos y disfrutar.

Puedes aspirar a algo mejor sin convertir todo lo que tienes hoy en algo insuficiente.

Porque quizá una de las formas más sencillas de sentir mayor satisfacción con la vida no sea conseguir constantemente más, sino aprender a mirar de otra manera aquello que ya forma parte de ella.

¿Por qué dejamos de valorar lo que tenemos?

Muchas veces creemos que valoraremos algo para siempre simplemente porque nos costó conseguirlo.

Pero no funciona exactamente así.

Las personas tenemos una enorme capacidad para adaptarnos.

Aquello que inicialmente produce entusiasmo termina integrándose a nuestra normalidad.

Piensa en algo que deseabas hace algunos años.

Tal vez querías un determinado teléfono, un trabajo, independencia económica, mudarte, terminar una carrera, comprar algo especial, viajar, conocer a alguien, alcanzar cierta estabilidad o resolver un problema que te preocupaba.

Ahora piensa en aquello que finalmente conseguiste.

¿Cuánto tiempo permaneció intacta la emoción?

Probablemente menos de lo que imaginabas.

No significa que seas desagradecido.

Significa que nuestra mente se acostumbra rápidamente a las nuevas circunstancias y comienza a buscar nuevos estímulos, necesidades y objetivos.

El problema aparece cuando vivimos permanentemente bajo esta lógica:

“Cuando consiga esto, entonces estaré bien.”

Consigues eso y, poco después, surge otra condición.

“Cuando gane más.”

“Cuando cambie de casa.”

“Cuando tenga pareja.”

“Cuando viaje.”

“Cuando consiga ese puesto.”

“Cuando pueda comprar aquello.”

“Cuando mi vida sea diferente.”

Así, el bienestar siempre parece estar unos pasos más adelante.

Y el presente termina convirtiéndose únicamente en una sala de espera.

La costumbre puede volver invisible lo valioso

Imagina que un día pierdes durante varias horas la conexión a internet.

De repente notas cuánto la utilizas.

O que se corta el agua.

En pocos minutos comprendes la importancia de algo que normalmente utilizas sin siquiera pensarlo.

Lo mismo ocurre con muchas otras cosas.

Solo que algunas son mucho más importantes.

Una conversación con alguien querido.

Poder preparar tu comida.

Tener un lugar donde descansar.

Recibir un mensaje de una persona que se acuerda de ti.

Sentirte capaz de resolver tus asuntos.

Poder caminar por un lugar conocido.

Tener cierta estabilidad.

Contar con alguien.

Tener oportunidades que hace algunos años no tenías.

Cuando estas cosas permanecen durante mucho tiempo en nuestra vida, comenzamos a considerarlas parte del paisaje.

No desapareció su importancia.

Desapareció nuestra atención sobre ellas.

Y existe una gran diferencia.

Porque aquello que hoy parece ordinario puede haber sido exactamente lo que deseabas en otro momento de tu vida.

Disfrutar lo que tienes no significa conformarte

Una de las ideas que más dificultan disfrutar el presente es pensar que agradecer lo que tenemos puede hacernos perder ambición.

Como si reconocer que estamos bien significara decir:

“Ya no quiero mejorar.”

Pero son cosas completamente diferentes.

Puedes estar agradecido por tu trabajo y querer crecer profesionalmente.

Puedes disfrutar tu hogar y querer mejorarlo.

Puedes sentirte orgulloso de lo que has conseguido y establecer nuevos objetivos.

Puedes querer ganar más dinero sin despreciar lo que actualmente tienes.

Puedes amar tu vida y aun así reconocer que hay aspectos que deseas cambiar.

El problema no es querer más.

El problema comienza cuando necesitas constantemente más para permitirte sentir que tu vida vale la pena.

El crecimiento sano no nace necesariamente del rechazo hacia lo actual.

También puede nacer del reconocimiento.

Puedes decir:

“Estoy orgulloso de todo lo que he construido y quiero seguir avanzando.”

En lugar de:

“Todo esto será insuficiente hasta que consiga lo siguiente.”

Aunque ambas personas persigan exactamente el mismo objetivo, la experiencia emocional durante el camino será completamente distinta.

El peligro de acostumbrarnos a perseguir siempre lo siguiente

Nuestra cultura está muy orientada hacia el siguiente paso.

¿Qué viene después?

¿Qué quieres conseguir ahora?

¿Cuál es tu próxima meta?

¿Qué vas a comprar?

¿Dónde vas a viajar?

¿Cómo puedes mejorar?

¿Qué te falta?

No hay nada malo en hacerse estas preguntas.

Los objetivos pueden ayudarnos a crecer y dar dirección a nuestras decisiones.

Pero también necesitamos otra pregunta:

¿Qué hay en mi vida actual que alguna vez deseé tener?

Esa pregunta cambia la perspectiva.

Porque obliga a mirar hacia atrás durante unos segundos.

Quizá descubras que actualmente tienes cosas que tu versión de hace cinco años habría celebrado muchísimo.

Tal vez no conseguiste todo.

Probablemente todavía existan dificultades.

Pero también es posible que hayas avanzado tanto que algunas de tus antiguas metas hoy parezcan simples detalles cotidianos.

No porque fueran pequeñas.

Sino porque ya las alcanzaste.

Cuando compararte hace que tu vida parezca insuficiente

Las redes sociales han aumentado nuestra exposición a la vida de otras personas.

En pocos minutos podemos ver casas más grandes, viajes más espectaculares, cuerpos aparentemente perfectos, negocios exitosos, parejas felices, celebraciones, autos, ropa, restaurantes y estilos de vida completamente diferentes al nuestro.

Aunque sepamos racionalmente que estamos viendo una selección de momentos, nuestra mente puede comenzar a comparar.

Y la comparación tiene una característica peligrosa:

puede convertir algo que te hacía feliz en algo que parece insuficiente.

Quizá estabas contento con tu casa hasta que viste una más bonita.

Estabas satisfecho con un viaje hasta que viste las vacaciones de otra persona.

Te gustaba tu ropa hasta que viste una tendencia nueva.

Valorabas tu progreso hasta que descubriste que alguien avanzó más rápido.

Nada cambió realmente en tu vida.

Tu casa sigue siendo la misma.

Tu experiencia sigue teniendo valor.

Tu esfuerzo continúa siendo real.

Lo único que cambió fue el punto de comparación.

Por eso disfrutar lo que tienes también implica proteger tu manera de mirar tu propia vida.

No todo necesita compararse.

Hay experiencias cuyo valor no depende de que sean mejores que las de alguien más.

No necesitas una vida perfecta para disfrutarla

Otro error frecuente consiste en esperar que todo esté bien al mismo tiempo.

Queremos sentirnos satisfechos cuando las finanzas estén perfectas, las relaciones funcionen, el trabajo sea ideal, tengamos tiempo libre, hayamos cumplido nuestros objetivos y no exista ninguna preocupación importante.

El problema es que la vida rara vez organiza todas sus piezas de esa manera.

Cuando una situación mejora, puede aparecer otra dificultad.

Cuando resolvemos un problema, probablemente nazca una nueva responsabilidad.

Por eso, si decides disfrutar únicamente cuando todo esté resuelto, podrías esperar demasiado.

Una vida valiosa no es necesariamente una vida sin problemas.

Puede contener preocupaciones y también buenos momentos.

Puede tener incertidumbre y también razones para agradecer.

Puede incluir objetivos pendientes y logros alcanzados.

Puede tener días difíciles sin que eso borre todo lo bueno.

No necesitas negar las dificultades.

Solo necesitas evitar que una dificultad tenga el poder de representar toda tu vida.

Mira nuevamente aquello que se volvió cotidiano

Una forma sencilla de disfrutar más lo que tienes consiste en observar conscientemente aquello que normalmente das por hecho.

Mira tu casa.

No para encontrar lo que necesita arreglarse.

Mírala pensando en lo que representa.

Quizá es el lugar donde has construido recuerdos.

Donde descansas después de trabajar.

Donde celebraste algo.

Donde lloraste alguna vez y después continuaste.

Donde has preparado comidas, recibido personas, organizado proyectos o simplemente pasado tardes comunes que probablemente algún día recordarás con cariño.

Mira también tus objetos cotidianos.

Ese teléfono que usas.

Tu ropa favorita.

La taza en la que siempre tomas café.

Una planta.

Un mueble.

Un regalo.

Una fotografía.

No porque los objetos sean la fuente de la felicidad, sino porque muchas cosas contienen historias que dejamos de ver cuando nos acostumbramos a ellas.

Aprende a reconocer tus propios avances

Disfrutar lo que tienes no se refiere únicamente a posesiones.

También incluye reconocer aquello en lo que te has convertido.

Quizá hoy sabes manejar situaciones que antes te desbordaban.

Tal vez aprendiste a tomar decisiones difíciles.

Has desarrollado habilidades.

Has trabajado.

Has cuidado de otras personas.

Has superado etapas.

Has cometido errores y aprendiste algo de ellos.

Has tenido que reorganizar planes.

Has descubierto qué quieres y también qué no quieres.

Sin embargo, muchas personas observan su crecimiento de una forma particular: consideran normal todo lo que ya dominan y prestan atención únicamente a lo que todavía no saben hacer.

Así siempre parecerá que falta demasiado.

Por eso vale la pena mirar atrás de vez en cuando.

No para vivir del pasado, sino para recordar cuánto has recorrido.

Pregúntate:

¿Qué cosas puedo hacer hoy que hace algunos años me parecían difíciles?

La respuesta puede mostrarte un progreso que habías dejado de reconocer.

Deja de posponer los pequeños placeres

Hay personas que guardan cosas bonitas esperando una ocasión especial.

La vajilla bonita.

Una ropa nueva.

Un perfume.

Una botella especial.

Una libreta.

Una receta.

Incluso planes sencillos.

“Algún día iré.”

“Después lo haré.”

“Cuando tenga tiempo.”

Pero la vida cotidiana también merece cosas bonitas.

No necesitamos convertir cada día en una celebración extraordinaria, pero tampoco necesitamos reservar todo lo agradable para fechas especiales.

Usa esa taza que te gusta.

Ponte esa ropa.

Prepara algo rico aunque no haya invitados.

Compra flores si disfrutas tenerlas cerca.

Escucha la música que te pone de buen humor mientras haces algo cotidiano.

Visita ese lugar que llevas meses diciendo que quieres conocer.

Disfrutar la vida muchas veces no requiere grandes cambios.

Requiere dejar de posponer pequeñas cosas que ya están disponibles.

Presta atención a lo que sí funciona

Nuestra mente suele detectar rápidamente los problemas.

Tiene sentido.

Los problemas necesitan soluciones.

Si algo falla, prestamos atención.

Pero cuando algo funciona bien, dejamos de notarlo.

Por ejemplo, si tu automóvil tiene una falla, probablemente pensarás bastante en ella.

Cuando funciona perfectamente durante meses, rara vez te levantas pensando:

“Qué maravilla que mi automóvil funciona.”

Lo mismo ocurre con muchos aspectos de la vida.

Nos preocupa una relación cuando hay un conflicto, pero podemos olvidar valorar todos los días en que existe cariño y apoyo.

Nos quejamos del cuerpo cuando aparece una molestia, pero pocas veces pensamos en todo lo que nos permite hacer.

Nos preocupa el dinero cuando falta, pero quizá no reconocemos las veces que conseguimos cubrir nuestras necesidades.

Esto no significa ignorar los problemas.

Significa equilibrar la atención.

Pregúntate:

¿Qué cosas están funcionando bien en mi vida y casi nunca pienso en ellas?

Las respuestas probablemente sean más numerosas de lo que esperas.

Aprende a disfrutar sin necesidad de mostrarlo

Hay experiencias que parecen incompletas si no las fotografiamos, publicamos o compartimos.

Vamos a un lugar bonito y pensamos en la foto.

Preparamos algo especial y pensamos en publicarlo.

Compramos algo y queremos mostrarlo.

Celebramos y sacamos el teléfono.

Compartir puede ser divertido y no tiene nada de malo.

Pero también existen momentos cuyo valor aumenta cuando simplemente los vivimos.

No todo necesita convertirse en contenido.

No todo necesita recibir aprobación.

No todo necesita demostrar que estamos disfrutando.

Puedes comer algo delicioso sin fotografiarlo.

Puedes vestirte bonito aunque no vayas a encontrarte con nadie.

Puedes visitar un lugar y guardar algunas imágenes únicamente para ti.

Puedes celebrar un logro sin anunciarlo inmediatamente.

La experiencia sigue teniendo valor aunque nadie más la vea.

Y recordar esto puede ayudarnos a reconectar con una satisfacción mucho más personal.

Cambia el “me falta” por “también tengo”

Es normal pensar en aquello que nos falta.

Pero cuando ese pensamiento se vuelve dominante, nuestra percepción de la vida puede distorsionarse.

“No tengo suficiente dinero.”

“No tengo la casa que quiero.”

“No he conseguido ese objetivo.”

“No puedo viajar tanto.”

“No estoy donde esperaba.”

Quizá algunas de estas frases sean ciertas.

No necesitas fingir lo contrario.

Pero puedes añadir otra parte:

“Todavía no tengo eso, pero también tengo esto.”

Ese pequeño cambio no elimina tus aspiraciones.

Amplía la imagen.

Porque tu vida nunca está compuesta únicamente por aquello que falta.

También está formada por lo que construiste, aprendiste, conservaste, recibiste y compartiste.

Haz espacio para experiencias sencillas

Existe una idea bastante extendida de que para disfrutar necesitamos hacer algo extraordinario.

Viajar.

Salir.

Comprar.

Celebrar.

Vivir una experiencia diferente.

Pero si nuestra capacidad para sentir satisfacción depende únicamente de grandes acontecimientos, la mayor parte de nuestros días parecerán poco interesantes.

La vida está compuesta principalmente por días normales.

Por eso necesitamos aprender a encontrar valor dentro de ellos.

Un desayuno sin apuro.

Una conversación agradable.

Caminar mientras escuchas música.

Preparar una comida que te gusta.

Ordenar un espacio y disfrutar cómo quedó.

Ver una película.

Leer.

Reír con alguien.

Tomar café.

Salir a caminar.

Terminar una tarea pendiente.

Dormir en sábanas limpias.

Recibir un mensaje inesperado.

Nada de esto parece espectacular.

Y precisamente ahí está la cuestión.

No todo lo que hace agradable una vida necesita ser extraordinario.

Cuida la forma en que hablas de tu vida

Las palabras que repetimos terminan influyendo en aquello que observamos.

Si constantemente dices:

“Mi vida es aburrida.”

“No tengo nada.”

“Nunca me pasa nada bueno.”

“Todo me sale mal.”

“Necesito cambiarlo todo.”

Tu atención comenzará a buscar pruebas que confirmen esas afirmaciones.

No se trata de utilizar frases positivas para negar la realidad.

Se trata de describirla de una manera más completa.

Tal vez tu vida no sea aburrida.

Tal vez es estable.

Tal vez no necesitas cambiarlo todo.

Quizá necesitas introducir algunas novedades.

Tal vez no estás estancado.

Quizá estás construyendo algo que necesita tiempo.

La manera en que interpretas tu realidad influye muchísimo en cómo la experimentas.

Recuerda que no todo lo bueno hace ruido

Algunas de las cosas más valiosas de la vida son discretas.

No producen grandes emociones todos los días.

No llaman la atención.

No parecen acontecimientos.

La confianza de una persona.

Un hogar donde te sientes seguro.

Una amistad que permanece.

Una familia que pregunta cómo estás.

Un trabajo estable.

La libertad de decidir algunas cosas por ti mismo.

Una rutina que funciona.

Tener comida.

Poder descansar.

Contar con alguien cuando lo necesitas.

Sentirte querido.

Tener posibilidades.

Estas cosas pueden parecer pequeñas precisamente porque están presentes con frecuencia.

Pero frecuencia no significa falta de valor.

Muchas veces significa fortuna.

No esperes perder algo para reconocer su importancia

Existe una frase que se repite mucho: “Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.”

Pero quizá no deberíamos necesitar una pérdida para aprender a valorar.

Podemos practicarlo antes.

Puedes mirar a las personas importantes de tu vida y reconocer lo que significan ahora.

Puedes agradecer un lugar mientras todavía estás allí.

Puedes disfrutar una etapa aunque sepas que no será eterna.

Puedes reconocer una oportunidad mientras todavía existe.

Puedes apreciar tu rutina incluso mientras deseas introducir cambios.

No necesitamos vivir con miedo a perder.

Se trata simplemente de recordar que muchas cosas son temporales.

Las etapas cambian.

Las personas cambian.

Nosotros cambiamos.

Los lugares cambian.

Por eso apreciar lo que existe hoy es una forma de vivir con mayor conciencia de su valor.

Haz una lista diferente de deseos

Normalmente una lista de deseos contiene aquello que queremos conseguir.

Una casa.

Un viaje.

Más dinero.

Un proyecto.

Algo que queremos comprar.

Una meta.

Prueba hacer otra lista:

Cosas que deseaba antes y que ahora ya tengo.

Quizá aparezcan cosas materiales.

Pero también pueden surgir otras.

Independencia.

Experiencia.

Una amistad.

Un trabajo.

Mayor seguridad.

Conocimiento.

Libertad para decidir.

Un espacio propio.

Una oportunidad.

Una habilidad.

Cuando termines, léela.

Puede que descubras algo importante:

No estás únicamente camino hacia tus sueños.

También estás viviendo dentro de algunos sueños que ya cumpliste y que dejaste de llamar sueños porque se convirtieron en realidad.

Diferencia entre querer y necesitar

Hay otra pregunta que puede transformar nuestra relación con los deseos:

“¿Quiero esto o siento que lo necesito para estar bien?”

Querer algo es natural.

Puedes querer un auto nuevo.

Un viaje.

Una casa más grande.

Una promoción.

Más dinero.

Pero cuando conviertes cada deseo en una condición para sentirte satisfecho, entregas tu bienestar a algo que todavía no existe.

Puedes cambiar:

“Necesito conseguir esto para ser feliz”

por:

“Me gustaría conseguirlo y voy a trabajar por ello, pero mi vida actual también tiene valor.”

Esta diferencia parece pequeña, pero emocionalmente es enorme.

Celebra tus logros durante más tiempo

Nos esforzamos durante meses para alcanzar algo y lo celebramos durante unas horas.

Después preguntamos:

“¿Y ahora qué?”

La siguiente meta aparece casi inmediatamente.

Esta mentalidad puede ser útil para avanzar, pero también puede impedirnos sentir satisfacción.

Cuando consigas algo importante, detente un poco.

Reconócelo.

Recuerda cuánto esfuerzo requirió.

Cuéntaselo a alguien.

Haz algo para celebrarlo.

Escríbelo.

Guarda una fotografía.

Permítete sentir orgullo.

No necesitas convertir cada logro en una plataforma desde la cual saltar inmediatamente hacia el siguiente.

También mereces disfrutar aquello que construiste.

Practica una gratitud concreta, no automática

Decir “gracias por todo” puede ser bonito, pero es demasiado general.

La gratitud se vuelve más poderosa cuando es específica.

En lugar de:

“Estoy agradecido por mi familia.”

Puedes pensar:

“Me gustó esa conversación que tuve hoy con mi hermana.”

En lugar de:

“Estoy agradecido por mi casa.”

Puedes pensar:

“Me encanta este rincón donde puedo sentarme a tomar café.”

En lugar de:

“Estoy agradecido por mi trabajo.”

Puedes reconocer:

“Gracias a este trabajo pude resolver esta necesidad.”

Lo concreto nos obliga a observar.

Y cuando observamos, dejamos de vivir ciertas cosas como si fueran completamente garantizadas.

Disfrutar también requiere atención

Puedes tener algo maravilloso frente a ti y no disfrutarlo si mentalmente estás en otro lugar.

Puedes estar de vacaciones pensando en el trabajo.

Puedes compartir con alguien mientras revisas el teléfono.

Puedes comer tu plato favorito respondiendo mensajes.

Puedes conseguir un objetivo mientras ya estás preocupado por el siguiente.

Por eso disfrutar no depende únicamente de lo que tenemos.

También depende de nuestra capacidad para estar realmente involucrados en lo que estamos viviendo.

No necesitas analizar cada segundo.

Simplemente procura que algunos momentos reciban toda tu atención.

No conviertas la felicidad en una meta imposible

Existe otro riesgo: obsesionarnos con disfrutar.

Pensar que debemos sentirnos felices todo el tiempo.

Eso tampoco es realista.

Habrá días aburridos.

Días cansados.

Días complicados.

Momentos de frustración.

Problemas.

Preocupaciones.

Disfrutar lo que tienes no significa estar permanentemente feliz.

Significa que incluso dentro de una vida imperfecta puedes reconocer aquello que merece ser apreciado.

La satisfacción no necesita ser euforia.

Muchas veces se parece más a pensar:

“Mi vida no es perfecta, pero hay cosas aquí que realmente me gustan.”

Y eso puede ser suficiente.

Preguntas para volver a mirar tu vida con otros ojos

Puedes utilizar estas preguntas de vez en cuando:

¿Qué tengo actualmente que deseaba hace cinco años?

¿Qué persona forma parte de mi vida y quizá no le digo suficientemente cuánto la valoro?

¿Qué comodidad cotidiana doy por garantizada?

¿Qué logro conseguí y casi nunca recuerdo?

¿Qué parte de mi rutina realmente me gusta?

¿Qué objeto tengo que guarda una historia especial?

¿Qué puedo hacer hoy que antes no podía?

¿Qué problema que antes me preocupaba ya está resuelto?

¿Qué cosas funcionan bien en mi vida?

¿Qué experiencia sencilla disfruto mucho?

¿Qué estoy posponiendo aunque podría disfrutarlo ahora?

¿Qué cambiaría en mi percepción si dejara de compararme durante una semana?

No necesitas responderlas todas de una vez.

Elige una.

A veces una buena pregunta puede mostrarnos algo que llevaba mucho tiempo delante de nosotros.

Una práctica sencilla para disfrutar más lo que tienes

Durante los próximos siete días, prueba algo diferente.

Al terminar el día, escribe tres cosas específicas que hayas disfrutado.

No tienen que ser importantes.

Por ejemplo:

“El café estaba especialmente rico.”

“Me reí mucho con esa conversación.”

“Terminé algo que tenía pendiente.”

“Me gustó cómo me quedó la comida.”

“Escuché una canción que me encanta.”

“Recibí una buena noticia.”

“Tuve un rato para mí.”

La idea no es fabricar felicidad.

La idea es entrenar la atención.

Porque si cada día buscas conscientemente tres momentos agradables, comenzarás a detectarlos mientras ocurren.

Y poco a poco quizá descubras que había más cosas buenas de las que pensabas.

Querer más sin despreciar lo que ya existe

Puedes querer una vida diferente en algunos aspectos.

Eso no invalida tu vida actual.

Puedes tener grandes sueños.

Puedes trabajar por ellos.

Puedes imaginar nuevos lugares, experiencias y oportunidades.

Pero procura no utilizar tus sueños como argumentos contra tu presente.

No digas:

“Mi vida será buena cuando…”

Pregúntate también:

“¿Qué parte de mi vida ya es buena ahora?”

Quizá no sea todo.

No necesita serlo.

Basta con reconocer lo que sí.

Porque si aprendes a disfrutar únicamente cuando alcanzas grandes objetivos, la satisfacción durará poco.

En cambio, si desarrollas la capacidad de apreciar las pequeñas cosas mientras continúas avanzando, tendrás muchas más oportunidades de disfrutar el camino.

Tal vez ya tienes más de lo que recuerdas

Es posible que mientras lees esto todavía haya muchas cosas que quieras cambiar.

Está bien.

Tener deseos significa que todavía imaginas posibilidades.

Pero antes de pensar en el siguiente paso, mira por un momento dónde estás.

Mira todo lo que has aprendido.

Las decisiones que tomaste.

Las personas que permanecen.

Las cosas que construiste.

Las dificultades que resolviste.

Los lugares donde has estado.

Los momentos que viviste.

Las oportunidades que aprovechaste.

Las cosas sencillas que hacen más cómoda tu vida.

No todo será perfecto.

Pero probablemente tampoco todo esté mal.

Quizá algunas cosas que hoy consideras normales son exactamente las cosas que un día esperaste conseguir.

Conclusión: disfruta mientras construyes lo que viene

La vida siempre tendrá algo pendiente.

Una nueva meta.

Una compra.

Un proyecto.

Un cambio.

Una decisión.

Algo que mejorar.

Si esperamos terminar absolutamente todo para permitirnos disfrutar, nunca llegará ese momento definitivo en el que podamos decir: “Ahora sí, ya está todo.”

Porque después de una meta aparecerá otra.

Después de una etapa comenzará la siguiente.

Y eso también forma parte de estar vivos.

Por eso aprender a disfrutar lo que ya tienes no consiste en detenerte.

Consiste en avanzar sin pasar por encima de tu propia vida.

Seguir creciendo, pero mirar alrededor.

Seguir soñando, pero reconocer lo construido.

Seguir queriendo cosas nuevas, pero disfrutar las que ya llegaron.

Seguir trabajando por un futuro mejor sin tratar el presente como si únicamente fuera un trámite para llegar hasta allí.

Tal vez no necesitas esperar una gran noticia para sentir que hoy fue un buen día.

Tal vez no necesitas cambiar toda tu vida para comenzar a disfrutarla un poco más.

Quizá simplemente necesitas observarla nuevamente.

Porque aquello que hoy parece cotidiano también forma parte de tu historia.

Las personas que ves frecuentemente.

El lugar donde vives.

Tus costumbres.

Tus pequeñas comodidades.

Las cosas que sabes hacer.

Los problemas que ya resolviste.

Los sueños que alguna vez tuviste y que ahora forman parte de un martes cualquiera.

No permitas que la costumbre te haga creer que carecen de valor.

Sigue construyendo lo que quieres, pero no olvides disfrutar aquello que ya construiste.

Porque una vida plena no necesariamente es aquella que tiene todo.

Puede ser aquella en la que aprendemos a reconocer cuánto valor existe en lo que ya está.

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