A veces creemos que avanzar siempre implica moverse, cambiar, dejar atrás. Nos enseñaron que crecer es ir más rápido, tomar decisiones, elegir caminos nuevos. Pero hay momentos —más de los que admitimos— en los que quedarse también es una forma de avanzar.
Quedarse no es rendirse. No siempre significa miedo o estancamiento. A veces quedarse es escuchar, observar, permitir que lo que está dentro termine de acomodarse. Es darse el tiempo que nadie más ve, pero que sostiene todo lo que vendrá después.
Hay días en los que el cuerpo sigue adelante, pero la mente pide una pausa. Y hay otros en los que todo parece detenido, aunque por dentro algo esté cambiando lentamente. No todo proceso es visible. No todo avance se mide en pasos grandes o decisiones definitivas.
Quedarse puede ser elegir no forzar respuestas, no apurar certezas, no llenar silencios por incomodidad. Puede ser aceptar que no todo se resuelve de inmediato, que algunas cosas necesitan madurar en calma, sin presión externa.
También quedarse es reconocer límites. Entender que no siempre es el momento de empujar, de insistir, de exigir más de lo que se puede dar. A veces lo más honesto es sostenerse donde uno está y esperar a que el sentido aparezca solo.
Vivimos rodeados de mensajes que glorifican el movimiento constante, el cambio rápido, la acción inmediata. Pero pocas veces se habla del valor de permanecer, de atravesar etapas sin huir de ellas, de acompañarse incluso cuando no hay claridad.
Quedarse no es quedarse igual. Algo se transforma en el silencio, en la pausa, en la espera consciente. Algo se ordena. Algo aprende.
Tal vez avanzar no siempre sea ir hacia afuera. Tal vez, en ciertos momentos, avanzar sea quedarse un poco más donde estás, escucharte con honestidad y confiar en que ese tiempo también cuenta.
Porque no todo lo que crece hace ruido.
Y no todo lo que avanza se mueve.
